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* Esta síntesis ha sido traducida en colaboración con la Junta Nacional de Jardines Infantiles -JUNJI- Gobierno de Chile.
Los estudios demuestran que en la medida en que los niños estén expuestos a mayores riesgos, mayores serán los problemas que tendrán. Los riesgos sociales transversales a la familia, grupo de pares, la escuela y el barrio, producen en conjunto un efecto negativo de gran envergadura.
La presencia de factores protectivos o resilientes puede ser la razón por la que algunos niños tengan éxito pese a condiciones de vida menores que óptimas. Aunque los tipos de adversidad que los niños experimentan sean muy diversos, un tema central que trasciende las diversas situaciones de riesgo es la presencia de una sólida relación protectora al menos con un adulto. Las relaciones no parentales cálidas, estimulantes y consistentes, como aquellas con cuidadores en guarderías o con educadores en las escuelas también contribuyen a la aparición de esta característica psicológica. Conjuntamente, las familias protectoras, la aceptación del grupo de pares, las escuelas competentes y los vecinos contribuyen a producir resultados positivos en el desarrollo.
La escuela puede brindar un ambiente favorable al aprendizaje o a la construcción de la resiliencia. El éxito temprano en la escuela parece ser un patrón clave para la resiliencia, y en particular en los niños con desventajas.
Las propias fortalezas de los niños también contribuyen a la adaptación resiliente. Los niños con un alto nivel intelectual, que tengan un temperamento poco conflictivo, carisma y destrezas sociales, son más fáciles de adaptarse positivamente a situaciones adversas. Sin embargo, muchas de estas características son vulnerables en sí mismas ante amenazas del medio ambiente.
Los niños pequeños con relaciones de apego saludables y buenas habilidades cognitivas, sociales y con capacidad de autorregularse, son, por lo general, resilientes ante la adversidad, siempre y cuando sus habilidades protectivas principales continúen funcionando y desarrollándose. La regulación emocional en particular juega un papel central en la resiliencia. Cada día hay más evidencia que señala que los factores genéticos también contribuyen significativamente a la capacidad de resiliencia en los niños. Por ejemplo, un genotipo que es asociado con una menor probabilidad de desarrollar depresión en años posteriores podría influir en las habilidades de un niño para adaptarse a situaciones adversas.
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