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* Esta síntesis ha sido traducida en colaboración con la Junta Nacional de Jardines Infantiles -JUNJI- Gobierno de Chile.
La prevención de la obesidad infantil debería estar en el primer lugar de tratamiento. Esto requiere de un extenso programa de salud pública.
A la vez, se requiere de servicios de salud y educación para vigilar más efectivamente el sobrepeso y la obesidad infantil, una identificación más precisa de niños con obesidad y sobrepeso, y un apoyo mayor y más efectivo a las familias tanto para prevenir y como para tratar este trastorno.
Los médicos pediatras son estimulados para que promuevan la prevención de la obesidad, mediante la identificación y calificación de especialistas (profesionales de la salud, nutricionistas, y especialistas del desarrollo infantil) para educar sobre el tema. Ellos también deberían, en su trabajo diario, estimular, apoyar y proteger la lactancia, a la vez de promover hábitos de alimentación saludables, fomentar la actividad física y limitar el tiempo que los niños ven televisión. Además, deben recomendar buenos hábitos de sueño, dado que la literatura reciente indica que dormir menos horas de las necesarias está asociado con sobrepeso/obesidad, particularmente en los niños.
Las intervenciones deberían enfocarse hacia aquellas conductas modificables que pudieran mejorar la salud o el desarrollo infantil, y hacia las conductas importantes para el desarrollo y mantención de un peso saludable (por ejemplo, menos tiempo frente al televisor, mayor tiempo de lactancia, reducción de refrescos e ingesta de azúcar, mayor actividad física).
Los padres y cuidadores deberían ser modelos positivos para las conductas alimentarias y físicas de los niños. Deberían modelar conductas alimentarias saludables y hacer que los alimentos saludables estén al alcance de sus niños, para reducir el riesgo de obesidad de éstos. Al respecto, el conocimiento insuficiente sobre nutrición saludable, las conductas alimentarias poco saludables y una reducida actividad física de los padres, puede conducir a malos hábitos de alimentación y de actividad física de sus niños. De ahí que existen más posibilidades para que un tratamiento sea efectivo si la familia (no sólo el niño obeso) es el centro de la intervención, si se estimula a la familia a realizar los cambios necesarios en su estilo de vida, si el tratamiento supone una duración significativa y si se centra en la modificación de la conducta sedentaria y en una dieta adecuada.
Sin embargo, es probable que no se logre prevenir la obesidad si el ambiente del niño no se orienta en este sentido. Por ejemplo, las investigaciones en la materia sugieren que la reducción de la publicidad de golosinas ayuda a prevenir una conducta alimentaria perjudicial. También debería mejorarse la calidad nutricional de las comidas y refrescos que se sirven y venden en las escuelas. Los niños debieran ser estimulados para que bajen su consumo de refrescos y otras bebidas azucaradas, aumenten su actividad física y reduzcan el tiempo que ven televisión. Es necesario que a la brevedad se fomenten cambios macro ambientales que promuevan la actividad física y el juego, para tratar profesionalmente la epidemia de la obesidad pediátrica.
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