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* Esta síntesis ha sido traducida en colaboración con la Junta Nacional de Jardines Infantiles -JUNJI- Gobierno de Chile.
Para comprender cómo los adultos llegan a tener conductas violentas, los investigadores han indagado en las etapas prenatales y de primera infancia. Los factores que pueden afectar las tendencias agresivas incluyen disposiciones genéticas, exposición prenatal a las drogas, al alcohol o al tabaco, mala alimentación materna, anomalías físicas menores, complicaciones al nacer, historial de comportamientos problemáticos de los padres en su edad infantil o adolescente, dinámicas familiares, prácticas parentales, temperamentos difíciles, influencia de los pares y experiencias escolares. Estos factores se pueden “acumular” en el tiempo, situando a los niños en una trayectoria negativa y pueden sugerir la necesidad de intervención en los primeros años. Sin embargo, algunos factores - como las complicaciones obstétricas - parecen aumentar el riesgo de problemas posteriores de agresión, aunque solamente en presencia de otros causantes de estrés (madre adolescente, estatus socioeconómico bajo, prácticas parentales inadecuadas). Además, no todos los factores de riesgo tienen un impacto equivalente. Por ejemplo, existe más información sobre la exposición fetal al alcohol que sobre la alimentación materna.
Los datos disponibles sugieren que la agresión física en la edad preescolar llega a su punto máximo entre los dos y tres años, y luego disminuye a un ritmo constante. Sin embargo, un pequeño grupo de niños (5-10%) seguirá exhibiendo altos niveles de agresión durante su niñez y adolescencia. La agresión es frecuentemente la característica principal del trastorno de oposición desafiante y del trastorno de conducta. Cuando estos problemas surgen en la primera infancia, es probable que persistan y auguren resultados problemáticos como la delincuencia, el consumo de sustancias y los trastornos mentales en la adultez. Lamentablemente, es problemático identificar la agresión atípica en los preescolares, ya que los investigadores temen patologizar comportamientos que son normales para esta edad. El temor de aplicar etiquetas o conceptos de desarrollo inapropiados acentúa la necesidad de contar con definiciones consistentes de agresión atípica para fines científicos y políticos. Se necesitan definiciones claras para lograr factores de comparación en los estudios científicos. Además, los niños que manifiestan problemas de agresión requieren de servicios apropiados, por lo cual su identificación temprana es crucial.
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